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La identidad del mexicano y el cuerpo femenino

El mexicano no se piensa a sí mismo, sigue la inercia, el destino, ejecuta los papeles secundarios, no los protagónicos. Por GANAR SALUD

Identidad del mexicano

El mexicano  ha sido estereotipado en distintas formas: el hombre con sombrero durmiendo la siesta, el hijo que sufre el desequilibrio de tener muy poco padre y sobreprotegido al tener demasiada madre; aquel que vive esperando siempre recibir de ese padre ausente, depositándolo en el padre gobierno o la madre institución.

En cualquiera de los casos –el mexicano se ve desde afuera y se burla– el “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, que refleja un cierto automatismo y una derrota anticipada e inminente. El mexicano no se piensa a sí mismo, sigue la inercia, el destino, ejecuta los papeles secundarios, no los protagónicos que lo pondrían a pensar y a pensarse, a irse en un viaje al interior de sí mismo que no conoce y le asusta.

A todos nos asusta un poco el tener que confrontar la realidad y saber que tiene que hacer cosas diferentes para lograr objetivos distintos. En el teatro, él es un espectador silencioso. En el psicoanálisis, un actor protagónico asustado pero curioso, por encontrar una respuesta de sí y de su mundo. Pero, ¿Qué tanto se atreve?

Lo femenino y el cuerpo

El infante humano llega al mundo después de nueve meses de estancia en el cuerpo de su madre, trayendo con él nada más que su propio cuerpo. En condiciones óptimas, el bebé aprenderá que ante sus necesidades de alimento y cuidado, la madre o quien realice las funciones maternas, reaccionará proveyendo los cuidados necesarios que le permitan suprimir el dolor que el hambre, el frío, la humedad o cualquier otro estímulo desagradable le produzcan; es, a través del contacto corporal, que aprenderá a conocer el mundo.

Paralela a este primer aprendizaje se inicia la vida psíquica, apoyada  en las distintas funciones biológicas y así se va constituyendo dentro de un cuerpo biológico, un aparato psíquico que a su vez, se va adueñando del cuerpo y del mundo.

El proceso de reconocer este cuerpo como suyo, estará mediatizado por las actitudes y palabras de quienes participen en su educación y cuidado y más tarde le permitirá construir su identidad.

Será en la mirada de la madre que el bebé irá reconociéndose; sobre las reglas del mundo, serán los padres quienes le muestren los primeros comportamientos afectivos a partir del contacto corporal, el respeto y cuidado de su cuerpo, la aceptación o el rechazo y su actitud ante la desnudez y los juegos sexuales de los niños y las niñas, Serán también ellos, quienes transmitan los conceptos culturales sobre la belleza y la fealdad.

Todos los aspectos del ser humano se forman como hábitos que nos acompañan a lo largo de nuestra vida y a nuestro sexo, diferencia sexual inscrita en el cuerpo, se suman los significados que cada sociedad atribuye al género, esas significaciones atribuidas al hecho de ser varón o mujer en una cultura determinada.

Los cuerpos sexuados están entonces construidos también por el género, la clase, la etnia y la edad y así, en un entrecruzamiento, se construyen las subjetividades. Cuando una persona sabe los secretos de su cuerpo, cuando reconoce el lenguaje con el que éste le habla, adquiere poder. Poder para decidir quién es y en quien desea irse transformando. Nuestro ropaje humano es la piel, continente del cuerpo biológico y psíquico.

Al crecer dentro de una sociedad androcéntrica, las mujeres son educadas desde el nacimiento en  “el no tocar”, el cuerpo queda prohibido a través de sus experiencias sociales, su educación religiosa y los valores familiares; no logran conocerlo, ni reconocerlo como propio lo que impide que se integren como un todo.

En el mundo occidental, hay culturas en donde queda confundido el “tocar/acariciar” con el “tocar/manosear”, lo que favorece la distancia entre el sujeto y su self. Al no conocer su cuerpo, la persona no reconocerá las señales que éste le manda, creando una disociación artificial que la lleva a vivirlo como un desconocido al que puede ignorar o maltratar, o con el que no se permitir sentir placer.

En ocasiones, es sólo el dolor el que la pone en contacto con él, a través de la menstruación, el parto o cualquier otra situación más de enfermedad que de autoconocimiento. La práctica de algún deporte, natación, gimnasia, yoga, etc. le permite a la mujer reconocer tanto la parte interna de su cuerpo como la externa.

A mediados del Siglo XX, en los años 60, la pregunta parecía ser “¿Cómo cambiamos al mundo?” Ahora, en los inicios del Siglo XXI, la pregunta parece ser “¿Cómo cambiamos el cuerpo?” No sólo a través del reconocimiento de las diferentes sexualidades, sino a partir de los tatuajes, los cortes, la anorexia, la bulimia, el Metrosexual, etc.

Dra. Alicia Briseño. Sociedad Psicoanalítica Mexicana (SPM).

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